futuro

Humanos al suelo

Decidí esperar a escribir sobre esto porque apenas empieza el año. Había que tomarse unas vacaciones. Pero suficiente de eso.

La cosa es que hace unos días fue noticia que en Londres hay un plan de construir una serie de ciclovías aereas, que permitirán reutilizar las vías del tren que no se utilizan. Ya se hicieron por lo menos dos entradas al respecto acá y acá por dos personas cuyos textos respeto un montón, así que no les voy a hablar sobre el diseño de ciclovías como tal, sino esto pretende ser una reflexión sobre la innecesidad de este tipo de infraestructura, basado en la historia.

En California, en Estados Unidos, a principios del siglo XX, se pretendió construir una “autopista elevada” que conectara Pasadena con Los Angeles. Era una vía de cuota, así que solamente los más adinerados podían pagarla, así que falló. Para leer más al respecto uno puede ver acá. 

Después en Londres, en los 60 del mismo siglo, cuando se les ocurrió en todo el mundo que segregar peatones en el aire era lo mejor porque era “más seguro” (y más rápido para los coches) se pretendió construir algo parecido a una serie de puentes peatonales en una parte de Londres que se reconstruía después de la Segunda Guerra Mundial.

Esta serie de puentes se llamaba el “Pedway” y nunca funcionó por los motivos que ya se enlistaron en la entrada de Pedestre:

Cuando segregamos a peatones y ciclistas en vías diferenciadas en la altura, lejos de beneficiarlos los perjudicamos: los aislamos de la experiencia urbana y con ello deshumanizamos la calle. El movimiento moderno es rico en ejemplos de esto último.

Para leer más sobre el Pedway, uno puede ir acá, la entrada incluye un documental sobre este intento de la ciudad. Muy recomendable si uno tiene 40 minutos libres.

Y finalmente, la historia nos lleva a nuestra propia ciudad, donde quizá no es una red la que se propone de elevar a los ciclistas, sino en realidad unos puentes que se construyeron por allá del 2004. Poco conectados y más bien un reto para el que se siente vailente para usarlos, a lo único a lo que ayudan estos puentes es a que las personas en bicicleta no le estorben a las personas en coche. Prioridades, ya saben.

2011-10-20 15.52.06

La conclusión de esto es: los humanos nacimos a nivel del suelo, déjennos ahí. Habría que hacer a más de un ingeniero y arquitecto subir sus propios bodrios, quizá así les quedaría más claro.

La nueva religión-moral de la velocidad

de Filippo Tommaso Marinetti escrito en 1916

En mi Primer Manifiesto (20 de febrero de 1909) declaré: la magnificiencia del mundo ha sido enriquecida por una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Después del arte dinámico, la nueva religión-moral de la velocidad nace este año Futurista de nuestra gran guerra liberadora. La moral cristiana sirvió para desarrollar la vida interior del hombre. Hoy ha perdido razón de existir porque se ha vaciado de toda divinidad.

La moral cristiana defendía la estructura psicológica del hombre del exceso de sensualidad. Moderaba y balanceaba sus instintos. La moralidad Futurista defenderá al hombre de la decadencia causada por la lentitud, porla memoria, por el análisis, por el reposo y el hábito. La energía humana multiplicada cien veces por la velocidad dominará el Tiempo y el Espacio.

El hombre empezó por despreciar el ritmo isocrónico, con cadencia, idéntico que el de su forma de caminar, de los grandes ríos. El hombre envidiaba el ritmo de los torrentes, ese que es como el galopar de los caballos. El hombre dominó al caballo,al elefante y al camellos para mostrar su autoridad divina a través de un aumento de velocidad. Se volvió amigo de los animales más dóciles, capturó a los animales rebeldes y se alimentó de los animales comestibles. Desde el espacio el hombre robó la electricidad y luego los combustibles líqiodos, para hacer aliados nuevos en los motores. El hombre dio forma a los mentales que había conquistado y los hizo flexibles con el fuego, para aliarse a si mismo con sus combustibles y con la electricidad. De esa manera armó un ejército de esclavos, peligrosos y hostiles pero suficientemente domesticados para llevarlo rápidamente sobre las curvas de la tierra.

Caminos tortuosos, caminos que siguen la indolencia de las corrientes y se enredan a los largo de las espinas y panzas irregulares de las montañas, estas son las leyes de la tierra. Nunca con líneas rectas; siempre arabescas y en zigzag. La velocidad al final le da a la vida humana una de las características de la humanidad: la línea recta.

El opaco Danubio bajo su túnica lodosa, su atención volcada sobre la vida interior llena de peces gordos, libidinosos y fecundos, corre murmurante entre los altos e implacables bancos de montañas como si dentro del inmenso corredor central de la tierra, un convento se abriera por las rápidas ruedas de las constelaciones. ¿Cuánto tiempo permitirá este flujo azaroso a un automóvil, ladrando como un fox terrier loco pasarle encima a máxima velocidad? Espero ver el día que el Danubio corra en línea recta a 300 kilómetros por hora.

Uno debe perseguir, azotar y torurar a todos aquellos que pequen contra la velocidad.

Grave culpa de las ciudades paseistas donde el sol se pone, disminuye la velocidad, y nunca se mueve de nuevo. ¿Quién puede creer que el sol se irá esta noche? ¡Tonterías! ¡Imposible! Reside aquí. Plazas, lagos de fuego estancado. La calles ríos de fuego perezoso. Ninguno puede pasar, por el momento. No puedes escapar! Una inundación de fuego. Neesitarías un bote refrigerado o un traje de buzo de hielo para cruzar ese fuego. Observa atentamente. Un despotismo, una redada de luz, a punto de arrestar a los rebeldes en sus blazones de frío y velocidad. Un estado de sitio solar. Calamidad al cuerpo que deja el hogar. Un golpe con un mazo en la cabeza. Acabado. Guillotina solar sobre todas las puertas. Calamidad al pensamiento que deja el cráneo. Dos, tres, cuatro notas de plomo caerán en él desde el campanar en ruinas. En la casa, de manera sofocante, una locura de moscas nostálgicas. Una mezcla muslos y memorias sudorosas.

La lentitud criminal de las multitudes dominicales y las lagunas venecianas.

La velocidad, teniendo como esencia la síntesis intuitiva de cada fuerza en movimiento es naturalmente pura. La lentitud, teniendo como esencia el analisis de cada cansancio en reposo, es naturalmente impura. Después de la destrucción del dios antiguo y de la maldad antigua, creamos a un nuevo dos, la velocidad y a un nuevo mal, la lentitud.

Velocidad = síntesis de cada valor en acción. Agresivo y beligerante.

Lentitud = análisis de cada prudencia paralizada. Pasivo y pacifista.

Velocidad = desprecio por los obstáculos, deseo de lo nuevo y lo inexplorado. Modernidad, higiene.

Lentitud = encanto, éxtasis, adoración inmóvil de los obstáculos, nostalgia de lo ya visto, idealización del cansancio y el descanso, pesimismo sobre lo inexplorado. Romanticismo rancio de lo salvaje, poeta que merodea y filósofo de pelo largo, anteojudo y sucio.

Si la oración significa comunicación con la divinidad, correr a alta velocidad es una oración. Lo sagrado de las llantas y los rieles. Uno debe arrodillarse en las vías para orar a la velocidad divina. Uno debe arrodillarse ante la velocidad giratoria de una brújula giroscópica: 20,000 revoluciones por minutos, la velocidad mecánica más alta alcanzada por el hombre. Uno debe arrancar de las estrellas el secreto de velocidad increíble e incomprensible velocidad. Déjennos unirnos a las grandes batallas celestiales, compitamos con la estrella 1830 Groombridge que vuela a 241 km por secundo, con Arthur que vuela a 413 km por segundo. Artillería matemática invisible. Guerra en la que las estrellas, siendo tanto misiles como artillería, igualan sus velocidades para escapar de una estrella más grande o para atacar a una más pequeña. Nuestros santos masculinos son los corpúsculos innumerables que penetran nuestra atmósfera e una velocidad promedio de 42,000 metros por segundo. Nuestras santas femeninas son la luz y las ondas electromagnéticas a 3×1010 por segundo.

La intoxicación de grandes velocidades en los automóviles no es nada más que la alegría de sentirse fusionado con la única divinidad. Los deportistas son los primeros catecúmenos de esta religión. La venidera destrucción de hogares y ciudades, para hacer espacio para grandes lugares de encuentro para coches y aviones.

Reconciliarse con el auto

Hace algunos días en lo que fuese algo así como un intercambio de cartas, me pasaron un texto llamado “Monólogo del peatón”, de Julio Cortázar. Sin importar el gusto o disgusto por el autor, uno debe de aceptar que el hombre tenía un algo especial con la ciudad. En sus novelas, la ciudad no sólo sirve como escenario para los personajes y las situaciones, sino que muchas veces se mezcla con ellos y entonces sus puentes, sus parques y plazas son parte de los personajes.

En el texto, Cortázar habla un poquito sobre lo difícil de ser peatón y cómo existe un conflicto entre él y los autos para estar en la ciudad. A colación del texto, la persona con la que tuve el intercambio de mensajes, me preguntó si yo algún día me reconciliaría con los automóviles. La idea me dejó pensando mucho y esto es algo así como una respuesta pública a esa pregunta. Y es que reconciliarse implica que ha habido una pelea, un choque -vaya ironía- entre dos o más sujetos o ideas.

La cosa es que no estoy peleado. Si fuera una pelea, yo habría perdido desde el primer round, cuando a los nueve años me atropellaron en el estacionamiento de la escuela -cosa que no fue grave, pero la palabra es pesada y sí, pasó-. Y si ahora siguiera peleado, definitivamente perdería por knockout al enfrentarme físicamente con un auto, un camión o una motocicleta. Soy salvaje, pero no tan estúpido.

Tampoco estoy peleado con quienes los manejan. Eso sería pensar que los “cochistas” son como extraterrestres, ajenos a mi y aunque pueda molestarme el inherente sentimiento de superioridad que muchos tienen al subir a un auto, eso es diferente. Y que muchos de los cochistas de la ciudad, por lo menos de los que hay en la que vivo, desconozcan las leyes o la humanidad de todo aquel fuera de su coche, no es una pelea, me parece más bien necedad.

Cuando uno va caminando o en bici, a una velocidad que no necesita ni tacómetro ni velocímetro, los que van manejando reclaman cualquier centímetro que les falte para avanzar. Pareciera que  esos “estorbos peatonales” de los que ellos se quejan, son los responsables de que ellos estén ahí, en su cochecito, lejanos del mundo. No se dan cuenta de que ellos mismos son la causa de su problema y de cualquier forma, no dejan de usar el auto.

Por eso no es pelea, sino cuestionamiento: ¿por qué las cosas se debe quedar como están? Es una crítica a esa preferencia definida informalmente por qué tan eléctrica es la forma de elevar tus vidrios polarizados o qué tan turbocargado y poco rendidor es tu motor. Es cuestionar que en las ciudades haya obras donde solo circulan coches: ejes viales, autopistas urbanas y segundos pisos, y que a la vez se argumente que eso implica mayor calidad de vida, mientras los que van apretados en autobús están detenidos por la congestión que esos del motor turbocargado generan.

Yo camino y pedaleo por convicción. Es una decisión, pero no de salvar el mundo, porque eso no lo hace una persona. Tampoco de ser mejor que alguien. Es algo que hago simplemente porque lo disfruto, porque no lo sufro, porque la ciudad no se debe de sufrir. Si más de la mitad de la población de este país vive en ciudades, ya deberíamos de empezar a poder disfrutarlas. A exigir que eso sea posible.

Y como el mejor homenaje a un autor es leerlo, dejo a continuación el texto de Cortázar, donde  responde a la misma pregunta sobre reconciliarse con los autos. Aquel que esté interesado en leer el Monólogo, debe abrir una nueva ventana y buscar el texto, o abrir su copia de “Papeles inesperados”, ya que el siguiente párrafo es solo una cita del cierre:

“¿Me reconciliaré alguna vez con los autos? Tal vez, pero para ello tendrían que ser muy diferentes de lo que son, y cuando hablo de autos hablo sobre todo de sus dueños y conductores… Ya sé que es mucho pedir, y que casi siempre el que se compra un auto no lo hace para acercarse sino para separarse, para reinar como un pequeño déspota dentro de su triste escarabajo reluciente. De manera que hasta nueva orden sigo andando a pie o tomando el metro; siento la brisa en la cara y el suelo bajo mis zapatos, me rozo con la gente y cuando puedo hablo con ella. Retrógrado, sin duda, pero mucho más feliz.”

Originalmente publicado en Transeúnte el 20 de septiembre de 2012

De la responsabilidad de pedalear que es de uno y de todos

Al momento en el que escribo esto, puedo dar una buena noticia: Los ciclistas en la Ciudad de México hemos pasado de ser marginales a ser minoría. Esto implica – como con cualquier minoría- que el resto nos ve. Nos puede ver mal o bien, nos puede ver con envidia o con cierto recelo, pero nos ve. Somos bicibles como dicen los queridos compañeros del Pueblo Bicicletero de MTY.

No importa si eres solamente un commuter que decidió usar la bicicleta como medio de transporte, o si sales a alguno de los muchos paseos que hay en la ciudad durante la semana. No importa si consideras a la bicicleta un asunto político o es tu trabajo. La bici es para todos y al final, lo que importa es que ocupas el espacio público de una manera diferente.

Eres parte de una minoría que – a veces sin darse cuenta- está recuperando espacios, haciendo las calles más seguras para las personas, ocupando un metro y cacho sin contaminar y disfrutando lo que la ciudad pone enfrente. Vives la ciudad.

Y en este vivir la ciudad, se encuentra algo muy importante de lo cual vale la pena darse cuenta: todos los que pedaleamos estamos construyendo día a día la cultura ciclista de esta ciudad. Desde la que sea tu trinchera, ruedes sólo o acompañado, pocos o muchos kilómetros, el chiste es darse cuenta de que no somos superhéroes por movernos de esta manera, pero sí estamos haciendo una declaración importante: la ciudad debe de ser para las personas, no para los coches.

Gobiernos vendrán y se irán. No sabemos si el siguiente gobernador será pro ciclista o un asérrimo enemigo de las bicicletas. Los que nos vamos a quedar por mucho más tiempo somos nosotros y es la que debemos de cuidar, pedaleada tras pedaleada.