circuito interior

Memorias de una barrera urbana

Para la mayoría de la gente, el otoño o el invierno significa melancolía. Para algunos la cosa es tan extrema que a doctores y psicólogos se les ocurrió un nombre para eso: SAD las siglas en inglés de Trastorno Afectivo Estacional. Pues al que aquí escribe la cosa le da en primavera. Esto viene a colación porque el día de ayer que tomé el bus desde la San Miguel hacia La Raza, me dio nostalgia de cuando era niño y las fronteras de la ciudad me parecían extremadamente claras.

Para mi la primer frontera que existió fue de alguna manera el Circuito Interior. Cruzarlo a pie me parecía una salvajada. Era como si el Casco de Santo Tomás, el cine Cosmos y todo lo que había más allá hacia Tacuba, la zona del Toreo donde estaba mi escuela, el aeropuerto, el Palacio de los Deportes (que en mi cabeza estaba del otro lado de Circuito) estuviesen en otro territorio, en uno desconocido y peligroso, que fue dividido del resto porque algo había de ese lado que ocultar. Una parte salvaje de la ciudad. Y los que caminaban hacia allá eran salvajes. Uno iba en coche para allá porque era lejano y diferente.

Eventualmente las fronteras cambiaron, se fueron cada vez más lejos. Entendí en dónde empezaba y acababa realmente el DF. Y entendí que ninguno debería de sufrir o parecer salvaje por cruzar ninguna calle de ninguna manera.

Y lo que me dejó pensando el viaje en autobús de ayer por el circuito fue que, de hecho, ningún niño debería de tener que sufrir estas barreras. Uno debería de poder aprender a leer la ciudad sin barreras desde chiquito.

 

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