Las bicicletas y la ciudad de Pablo Fernández Christlieb

El texto no es mío, para más referencia ver aquí

LAS BICICLETAS Y LA CIUDAD

A las bicicletas que transitan por la ciudad se les conoce como medio de transporte. De hecho, una bicicleta es probablemente el mejor medio de transporte que la humanidad haya inventado. Y a pesar de que la primera bicicleta propiamente dicha data de 1840 (por no mencionar el boceto de Leonardo Da Vinci), de que para 1867 ya tenía la forma y dispositivos modernos (cadena a la rueda trasera) y de que ha estado a la venta en el mercado desde 1885 (marca Rover, como los Land), cada vez es más un aparato de última generación, no por su complejidad tecnológica, sino por la sencillez con la que logra ser una maravilla técnica.

Una bicicleta recorre con  soltura las distancias más habituales que cubre un ser humano y es capaz de circular casi por cualquier terreno transitable, donde no llegan ortos vehículos como los Volkswagen o los autobuses, además de ser un adminículo manuable y lo suficientemente portátil para cargarlo cuando no pase. Una bicicleta es barata –para emplear un arcaísmo- y relativamente eterna; su mantenimiento consiste en echarle aire a las llantas (a los “pneumáticos”, invento de Charles Dunlop, aplicado por primera vez en la bici de su hijo, en 1887) cada mes, y las reparaciones mayores se realizan con un mínimo de herramientas y accesorios, sin necesidad siquiera de un manual: basta el sentido común.

Una bicicleta no hace humo, ni ruido, ni bulto. Es un artefacto callado, se puede oír el siseo de sus ejes como si le pidiera silencio a la ciudad; mientras que un coche ocupa ocho metros cuadrados de metrópoli, la bicicleta transcurre sobre 1.60 metros casi lineales, que se cuelan olímpicamente entre el tránsito. Tal vez por eso en los países civilizados, es decir, aquellos que no fueron metidos a empujones dentro del progreso, se le da el lugar que corresponde a la dignidad de estos seres simples, que son, además, un buen remedio a la neurosis urbana, no tanto como ejercicio físico o terapia ocupacional, sino porque son la negación literalmente andante de muchas causas de esta neurosis: contaminación, prisa, hostilidad, embotellamientos, etcétera.

Al igual que otros vehículos similares, como los patines, las patinetas y los zapatos, es un ser sociable. Los tripulantes de todos ellos no están resguardados, contra la gente y sus contactos visuales y verbales; no hacen del espacio público una propiedad privada detrás de ventanillas, seguros y parabrisas. Una bicicleta es un ser a la intemperie, incapaz de la ostentación o de cualquier otra barrera; por definición accesible, en consecuencia probablemente simpático: no le es posible la altanería, el desdén ni la hosquedad.  

Una bicicleta es sobre todos un viaje a Ítaca (“llegar allí es tu meta / pero no apresures el viaje”): es el mejor mirador para ver sucederse a la ciudad en sus interminables sorpresas, encantos y dramas para entras inopinada, implaneadamente en calles, callecitas , parques, banquetas, rutas inéditas, como un Marco Polo en la cotidianidad; para detenerse donde la curiosidad lo haga menester: en un mercado, una fachada, una miscelánea, un aparador. Andar en bicicleta se vuelve paseo (“ruega que tu camino sea largo”); es que sobre una bicicleta es imposible tener prisa, o al menos no tiene caso porque la prisa no la acelera; se haya hecho tarde o no, su tripulante tiene que seguir paseando hasta que llegue a su destino. Es el tiempo libre a destiempo, la hora de juego a deshoras, el ocio de un paseo a contrapelo del neg-ocio del transporte: “No esperes la riqueza de Ìtaca / Ítaca te ha dado un bello viaje / ¿Ya qué más puede darte?”. Una bicicleta es un poema de Cavafis.

Con la ciudad, las bicicletas respetan el ruido de las voces, el aire de los pájaros, el espacio de las reuniones, el tiempo de la distracción, el lugar de los ciudadanos. En efecto, la bicicleta es un ser inofensivo, como los niños, pero como ellos, es indefenso y frágil. La bicicleta, como enemigo, es un ser insólitamente débil, fácil de exterminar.

La ciudad ha convertido a las bicicletas en seres socialmente invisibles, pero reales, cuya realidad estalla y se hace visible en toda su crudeza cuando una portezuela se abre intempestivamente, cuando un automovilista “no ve venir coches” y se pasa el alto –sólo venía una bicicleta-, cuando un autobús se arrima al banqueta. Y entonces si, todo el mundo se da cuenta, horrorizado, de que las bicicletas existen, por lo común acompañadas por un ciclista.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s