La ciudad es una amalgama entre el espacio y aquellos que la ocupan.

Qué tan amigable resulta ese espacio con los que habitan en él, es un proceso que va ligado directamente con cómo lo han construido. Por años esta relación ha ido muy ligada al transporte, dándole prioridad a este, sobre muchos otros aspectos de la ciudad. En este esquema, las ciudades han crecido necesitando más transporte y por consecuencia se ha necesitado más transporte para poder llegar más lejos. Un proceso casi simbiótico.

Esto es un efecto casi normal en cualquier parte del mundo en ciudades grandes, el problema radica en cómo se ha tratado de cubrir esa necesidad de transporte en nuestra ciudad. Desde los años 30 del siglo XX, época en la que se posicionó definitivamente al automóvil como un medio de transporte común en la ciudad, el espacio público se ha transformado y con ayuda de políticos, ingenieros de tránsito, urbanistas, arquitectos y la antipatía y el deseo de velocidad de los ciudadanos se ha dado lugar a privilegiar al automóvil privado por sobre la gente de a pie.

Esto ha tenido un efecto negativo en la Ciudad de México en varios niveles: En el primero, tenemos calles con banquetas que si se metieran a un concurso, quedarían descalificadas por inhumanas, autopistas urbanas que cortan la ciudad y la vuelven imposible de cruzar, calles que tienen un conteo de semáforo diseñado para correr mientras los coches esperan ansiosos por arrancar. Esto puede ocurrir porque no tienen un tamaño que va con la escala de un humano o porque el ingeniero que la dibujó simplemente “olvidó” que alguien podría necesitar caminar por ahí.

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Como bien lo dijo Lewis Mumford allá en los 60s, cuando las autopistas urbanas en Estados Unidos estaban en su apogeo: “Desde que los ingenieros consideran su propia obra como más importante que las otras funciones humanas, a las que debe servir, no dudan en destruir bosques, arroyos, parques y viviendas, con tal de encaminar su ruta directamente hacia el punto previsto”.

Esto da lugar al segundo nivel del problema: construir para los coches nos priva de los espacios recreativos. Y no me refiero a parques y bosques. ¿Qué tan común es ver a los niños jugando en la calle últimamente? ¿Usted recuerda haberlo hecho? ¿Usted, como yo gritaba: “¡Coche!” cuando veía que se acercaba un vehículo a la cancha-calle de juego? Era el peligro del coche lo que detenía el juego. La calle no era peligrosa por sí misma.

Y ahí es donde está el tercer nivel del problema. Cuando uno se sube a un coche en una ciudad como esta, en la que no existe un examen o prueba de algún tipo para saber si uno es capaz de manejar dicho artefacto, resulta más común que todo aquello que está en la calle resulte un estorbo. Ya sean peatones, futbolistas, ciclistas o hasta otros automovilistas, todos son estorbos y motivo de pitar o aventar el coche, según sea el caso.

Pero dentro de la tendencia, no todo está perdido. Algunas ciudades, tomadores de decisiones y ciudadanos de a pie que en el día a día se han dado cuenta de que el modelo centrado enel coche no es sustentable en términos económicos, medioambientales y de salud, han optado por moverse con su propia energía y fomentar que otros lo hagan también. A veces suena revoluionario y del futuro, pero el futuro se hace desde hace muchos años en las condiciones más precarias. Algunos se han dado cuenta de que la ciudad no es sólo para ir de un punto A a un punto B de la manera más rápida sino también para disfrutarla y que la mejor manera de difrutarla es caminándola.

Cambiar esto definitivamente no será un trabajo de un día o un año. Lo importante será exigir y porponer, acercarse entre ciudadanos, encontrar la manera de llamar la atención de los tomadores de decisiones, ya sea en un foro o haciendo intervenciones que salgan a la calle y tengan consecuencias más visibles.

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En resumen: Nos mintieron. Las carreteras y las colonias bardeadas no son un modelo que traiga calidad de vida, ni son modernas ni desarrolladas. Si queremos llegar a algún lugar tenemos que pensar la ciudad a velocidad, escala y mentalidad humana. Y no hay velocidad más humana que la de los dos pies sobre la tierra.

 

Este fin de semana estuvo en mi hogar un visitante de Estados Unidos que no trabaja en temas urbanos. El primer día que estuvo en la ciudad, tuvo la oportunidad de caminar por ella. No fue un tramo muy largo, fueron quizá dos kilómetros, lejos de donde yo vivo, cerca del Bosque de Chapultepec. Cuando lo encontré después de su paseo estaba sorprendido de lo rápido que la gente maneja, de lo poco que respetan al peatón y de lo anchas que son las calles. Le dije que el reglamento da prioridad al peatón pero que eso no lo saben los conductores porque no se necesita tomar un curso o pasar un examen para tener licencia de conducir, su sorpresa se convirtió en enojo.  No cabía en su cabeza que uno pudiera simplemente pagar para tener su licencia de conducir.

El enojo pasó con los días. Una de las cosas que este visitante más quería hacer durante su estancia en el DF era ir al cierre dominical y andar en bici. Le parecía fantástico que en una ciudad tan grande, con tanta gente y coches, funcionara cerrar calles cada domingo. Y de hecho, yo también pienso que la idea es genial: iniciar de la manera más amigable a concientizar a la gente sobre el uso de la bicicleta, aunque sea de manera recreativa.

Ese domingo fuimos, nos preparamos en un grupo de cuatro y partimos hacia el paseo dominical en bici por avenida Reforma. Nos tocó ciclotón, es decir, que cierran mas calles todavía para hacer un circuito que recorre una parte considerable de la ciudad. Empezamos por la colonia Condesa. Todo sucedió sin contratiempos. Avanzamos tres semáforos cuando un mini pelotón de tres ciclistas vestidos en jersey de algún equipo, con bicicletas de ruta que se veían caras, pasó a alta velocidad, rebasándonos por la derecha. Iban tan rápido que se volaron la luz amarilla del semáforo que había adelante. Ni cómo reclamarles.

Llegamos por fin a Reforma. Una avenida ancha. Un alivio, pensé. Avanzamos un poco, llegamos casi a Insurgentes. Un joven casi me choca por detrás.  Venía hablando por teléfono. A él sí le reclamé. Se ofendió, colgó y pedaleó más rápido.

Mi visitante me dijo: “wow, pedalean como manejan”. Al principio me reí. Después me enojé. Es cierto, pedaleamos como manejamos. Y si nunca nos enseñaron a manejar mucho menos nos enseñaron a pedalear. Quiero decir, en una ciudad donde no necesitas demostrar que sabes leer las señales, que conoces las prioridades en el uso del espacio o que mínimo sabes utilizar las luces direccionales, es muy poco probable que sepas pedalear.

Últimamente he escuchado muchas quejas de ciclistas que van en la banqueta. No los justifico, pero los entiendo. Son parte de un círculo vicioso un tanto triste: medio aprenden a manejar, manejan, se hartan de manejar, medio aprenden a pedalear después de muchos años, empiezan a utilizar una bici para moverse y tienen miedo de circular por el arroyo vehicular porque los automovilistas no saben manejar, circulan por las banquetas, los peatones se enojan, se enojan con los ciclistas, los cochistas y nadie hace nada. Esuróboros, la lucha eterna.

Y cuidado, con esto no quiero decir que se deba hacer un examen para pedalear una bici, sino que en el examen para conducir un vehículo motorizado, sea un requisito saber pedalear una bicicleta. Eso generará, por lo menos, un poquito de empatía de automovilista a ciclista y, en algunos casos, desincentivará que la gente maneje y hará que anden más y en bicicleta, y mejor. Quizá, poco a poco, el “pedalean como manejan” pueda ser algo positivo.

En días recientes, me percaté de que en algunas partes de la delegación Miguel Hidalgo se están pintando en los cruces peatonales, señales horizontales de peatones que asemejan tener una corona. A mi entender, esto pretende dar el mensaje de que el peatón es el rey de la calle. O sea, cualquiera que circule en un vehículo (con motor o sin motor) debe de respetar al que va caminando porque de una u otra forma es el más vulnerable en la calle.}

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 El día de hoy me dí cuenta de que estos mismos monitos estaban apareciendo en mi colonia, por lo cual decidí que como quedaban más o menos en mi ruta del día, iría a visitarlos. La intersección fue Juan Cano con José Morán. Esta es una intersección grande, por ella circulan muchos de los vehículos que usan la San Miguel Chapultepec para escapar de las avenidas grandes y llegar a otras avenidas grandes. Además, tiene una línea de transporte público que cruza la colonia de poniente a oriente.

En el camino me puse a pensar: ¿Por qué se decidió hacer esta intersección en especial? ¿Se debe al índice de atropellados que hay? ¿A quién va dirigida la campaña? ¿Es una campaña?

Al llegar al sitio me encontré con esto:

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Un coche estacionado casi sobre la zona peatonal. La intersección no está pintada completa, es sólo la parte de José Morán en un lado. La otra parte de Juan Cano no está pintada con monitos. Y volvió la pregunta ¿A quién está dirigido el pintar los monitos? ¿Es un campaña? Pregunto porque no he visto nada más que indique la prioridad. Porque claramente al cochista no le informaron que el peatón es el rey. Y es que, si bien las acciones de “urbanismo táctico” en manos del gobierno pueden ser buenas, si no se alimentan de los cambios más profundos que sí puede hacer el gobierno, como disminuir velocidades y educar a los que pueden lastimar y estorbar al rey, entonces sólo se queda en un buen intento de hacer lo que ya hacen grupos ciudadanos, pero con permiso.

La cosa es que, donde el peatón es el rey, sólo basta poner los elementos necesarios.

Nota al pie: a dos cuadras, me topé con esta intersección. Misma colonia. Acá hay muchos más peatones, pero aparentemente el reino se acaba donde las cosas son más visibles.

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La única vía exclusivamente ciclista durante casi tres años en la Ciudad de México, fue una ciclovía de 6.4 kilómetros en Reforma, hay que notar que esto es contando ambos sentidos, es decir, que durante ese tiempo uno podía circular en realidad 3.2 km tanto de ida como de vuelta, en una vía que además tenía todas las invasiones que uno pudiera imaginar.

Para el final de este año habrán aproximadamente 34 km más de vías que den preferencia al ciclista, las cuales no son necesariamente ciclovías –que dan exclusividad a quienes se mueven en bici-, ya que también pueden ser carriles compartidos con autobuses o con automóviles. Cabe señalar que al inicio del sexenio que acaba, se habían prometido 300 km para el 31 de diciembre. Claro, hubo una crisis en 2009, pero no importando eso, sí tendremos aproximadamente 21 km de segundos pisos en periférico, una vía rápida que pasará por uno de los pulmones de la ciudad, la Supervía, más todos los puentes vehiculares que se construyeron, además de un “Circuito Bicentenario”. Todas estas sin espacio de circulación segura para bicicletas y mucho menos con un espacio digno para los peatones.

A pesar de todo esto, de repente parece que la ciudad está inundada de bicicletas. En fechas recientes han aparecido grupos que ruedan cada día de la semana. De manera que de lunes a domingo uno puede salir a pasear en bici en esta ciudad, ya sea con calles cerradas o simplemente acompañado de más ciclistas con una ruta pre-determinada.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando los domingos se quitan los conos que cierran las calles, o el “bici-bus”, grupo de ciclistas organizados, que sale a una ruta durante la noche se disipa y todos vuelven a sus casas? ¿Cómo hace uno para sentirse seguro circulando durante el día? ¿Es salir a pasear lo único que podemos hacer los ciclistas en la ciudad?

Claro, el simple hecho de ocupar el espacio, moverse por distintos lados de la ciudad podría parecer lo mejor para hacernos visibles, crear una masa crítica que dure unas horas es un gran principio, pero toda la energía que se genera en la masa crítica se diluye cuando esta resulta en solamente un paseo: pedalear durante un rato y luego volver a lo mismo. Volver a tener solamente una ciclovía de pocos kilómetros en una zona privilegiada de la ciudad.

No quiero decir que esté mal que los grupos ciclistas rueden. Tener una masa crítica y hacer saber a todos que las bicicletas están aquí y ocuparán los carriles que sean necesarios es algo completamente válido e importante, sin embargo, como grupo organizado, es nuestra responsabilidad tomar las riendas de a dónde queremos que se mueva no solo la rodada, sino la ciudad.

Pero parece que todavía nos cuesta trabajo organizarnos, nos es difícil dejar a un lado los egos y no perdernos en el mar de bicis. Hace unos meses se organizó una rodada cuestionando los segundos pisos, los cuales dan preferencia al auto sobre otras formas de moverse. El gobierno nos cerró el acceso para subir a ellos. Probablemente éramos 100 ciclistas. Quizá hubiera sido más difícil detener el paso de mil, pero no lamentablemente no habían llegado más, ¿por qué no hubo más? El año pasado pintamos 5 kilómetros de carril compartido para exigir 5% del presupuesto de transporte para la bicicleta. En el mejor momento hubo unas 50 personas pintando. Cuando pedimos que se oficializara, las autoridades responsables se pasaron la bolita diciendo justamente que no era su responsabilidad. ¿Qué hubiera pasado si hubiésemos sido muchos más pintando? ¿Cuántos kilómetros podríamos haber pintado y qué tanta presión podríamos haber hecho para que se oficializara el trabajo ciudadano?

Parte de la infraestructura ciclista pintada por ciudadanos organizados mediante el colectivo “Camina, Haz Ciudad”, después de que la primera fue borrada y en exigencia de que se dedique a la bicicleta 5% del presupuesto de transporte nacional.

La pregunta, el punto de todo esto es: ¿qué pasa con los ciclistas organizados cuando se trata de algo más que rodar por rodar?, ¿qué pasa cuando lo que pedimos es cambiar el paradigma y favorecer las formas de moverse que lo hacen a velocidades humanas? ¿Realmente estamos cómodos circulando en vías donde los coches pueden ir a sus anchas? Yo me he preguntado todo esto varias veces y la mejor respuesta que pude obtener fue la siguiente:

Nadie va a cambiar por nosotros lo que se necesita cambiar. Políticos vendrán y políticos irán. Habrán algunos más “amigables con la bici” que otros. Ellos viajarán más o menos cómodos en sus coches eléctricos, esperando la siguiente campaña electoral para que los que votaron una vez por ellos, lo hagan de nuevo, poniendo el foco sobre los -pocos- aciertos que tuvieron. Y al final, nosotros somos los que vivimos diariamente la ciudad, somos los que sufrimos los muchos errores, las decisiones unilaterales que representan poco a los ciudadanos. Sin embargo, esa es la noción que a veces se da de ser ciudadano: alguien que simplemente vive en una ciudad.

Utilizar la bici es una herramienta tanto de protesta por una ciudad a velocidad humana, como de calles que sean para poder detenerse en ellas y no sólo para circular por ellas. Utilizar la bici ya nos hace un poquito diferentes, el punto es ¿qué hacemos con ella? Y tal vez el problema sea que muchas veces no sabemos cómo hacer las cosas, que exigir exactamente, pero seguramente alguien más tendrá una noción. Reunirse con otros es lo mejor que uno puede hacer.

Encausar la energía de la masa crítica y tener miles de ciclistas empujando por actualizar el reglamento de tránsito o por dar presupuesto al transporte no motorizado o pintando la infraestructura necesaria cuando los que la deben de hacer no la hacen. Para todo eso se necesita energía. ¿Qué mejor que aprovechar esas múltiples rodadas de la Ciudad de México para empezar a hacerlo?

Hace algunos días en lo que fuese algo así como un intercambio de cartas, me pasaron un texto llamado “Monólogo del peatón”, de Julio Cortázar. Sin importar el gusto o disgusto por el autor, uno debe de aceptar que el hombre tenía un algo especial con la ciudad. En sus novelas, la ciudad no sólo sirve como escenario para los personajes y las situaciones, sino que muchas veces se mezcla con ellos y entonces sus puentes, sus parques y plazas son parte de los personajes.

En el texto, Cortázar habla un poquito sobre lo difícil de ser peatón y cómo existe un conflicto entre él y los autos para estar en la ciudad. A colación del texto, la persona con la que tuve el intercambio de mensajes, me preguntó si yo algún día me reconciliaría con los automóviles. La idea me dejó pensando mucho y esto es algo así como una respuesta pública a esa pregunta. Y es que reconciliarse implica que ha habido una pelea, un choque -vaya ironía- entre dos o más sujetos o ideas.

La cosa es que no estoy peleado. Si fuera una pelea, yo habría perdido desde el primer round, cuando a los nueve años me atropellaron en el estacionamiento de la escuela -cosa que no fue grave, pero la palabra es pesada y sí, pasó-. Y si ahora siguiera peleado, definitivamente perdería por knockout al enfrentarme físicamente con un auto, un camión o una motocicleta. Soy salvaje, pero no tan estúpido.

Tampoco estoy peleado con quienes los manejan. Eso sería pensar que los “cochistas” son como extraterrestres, ajenos a mi y aunque pueda molestarme el inherente sentimiento de superioridad que muchos tienen al subir a un auto, eso es diferente. Y que muchos de los cochistas de la ciudad, por lo menos de los que hay en la que vivo, desconozcan las leyes o la humanidad de todo aquel fuera de su coche, no es una pelea, me parece más bien necedad.

Cuando uno va caminando o en bici, a una velocidad que no necesita ni tacómetro ni velocímetro, los que van manejando reclaman cualquier centímetro que les falte para avanzar. Pareciera que  esos “estorbos peatonales” de los que ellos se quejan, son los responsables de que ellos estén ahí, en su cochecito, lejanos del mundo. No se dan cuenta de que ellos mismos son la causa de su problema y de cualquier forma, no dejan de usar el auto.

Por eso no es pelea, sino cuestionamiento: ¿por qué las cosas se debe quedar como están? Es una crítica a esa preferencia definida informalmente por qué tan eléctrica es la forma de elevar tus vidrios polarizados o qué tan turbocargado y poco rendidor es tu motor. Es cuestionar que en las ciudades haya obras donde solo circulan coches: ejes viales, autopistas urbanas y segundos pisos, y que a la vez se argumente que eso implica mayor calidad de vida, mientras los que van apretados en autobús están detenidos por la congestión que esos del motor turbocargado generan.

Yo camino y pedaleo por convicción. Es una decisión, pero no de salvar el mundo, porque eso no lo hace una persona. Tampoco de ser mejor que alguien. Es algo que hago simplemente porque lo disfruto, porque no lo sufro, porque la ciudad no se debe de sufrir. Si más de la mitad de la población de este país vive en ciudades, ya deberíamos de empezar a poder disfrutarlas. A exigir que eso sea posible.

Y como el mejor homenaje a un autor es leerlo, dejo a continuación el texto de Cortázar, donde  responde a la misma pregunta sobre reconciliarse con los autos. Aquel que esté interesado en leer el Monólogo, debe abrir una nueva ventana y buscar el texto, o abrir su copia de “Papeles inesperados”, ya que el siguiente párrafo es solo una cita del cierre:

“¿Me reconciliaré alguna vez con los autos? Tal vez, pero para ello tendrían que ser muy diferentes de lo que son, y cuando hablo de autos hablo sobre todo de sus dueños y conductores… Ya sé que es mucho pedir, y que casi siempre el que se compra un auto no lo hace para acercarse sino para separarse, para reinar como un pequeño déspota dentro de su triste escarabajo reluciente. De manera que hasta nueva orden sigo andando a pie o tomando el metro; siento la brisa en la cara y el suelo bajo mis zapatos, me rozo con la gente y cuando puedo hablo con ella. Retrógrado, sin duda, pero mucho más feliz.”

Originalmente publicado en Transeúnte el 20 de septiembre de 2012

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